Una crónica sobre la saturación de opciones y la nostalgia de la espera
Esta mañana mientras decidía si dormir veinte minutos más y hacer toda la rutina de mañana corriendo o levantarme y tomarme el tiempo necesario, me quedé pensando en que tenemos tanto por elegir, que al final, otros eligen por nosotros.
Entre tantas opciones para todo, nos hemos vuelto insaciables. Nos han hecho creer que la saturación que vivimos es la muy anhelada libertad por la que ha luchado la humanidad históricamente, y en parte sí, tiene sentido. Esto es tan cierto como peligroso. Por supuesto que hoy gozamos de muchos más beneficios que nuestros antecesores y me surge la pregunta de sí, no querían llegar a estas instancias.
Recuerdo cuando era una niña y solo quería ser periodista y salir en la televisión; hoy hay tantas cosas que me gustaría hacer que ni en tres vidas alcanzaría. Entonces,también sabía que iba a comer cada día de la semana, no sólo por escasez sino también por rutina, pensar en comer pollo asado era motivo de saltar en la cama hasta quebrar las tablas, recuerdo el olor y el sabor que era diferente porque pasaba pocas veces al año, tal vez tres o cuatro.
La espera lo hacía especial
Comer un helado representaba una celebración, estrenar ropa era de dos veces al año, comer mi comida favorita era premio a ganar el año y torta por un cumpleaños de alguien de casa o del salón de clase (cuando me preguntan por que sé las fechas de cumpleaños de toda mi familia y mis compañeros del colegio, es porque para mí esa fecha era tan importante como comer un trozo de torta).
Veía Clifford como resultado de haber hecho tareas y haber estudiado las tablas y escuchaba mi canción favorita con especial cuidado o rayaba el cd. Todo era una recompensa, que se hacía anhelar.
Estas acciones eran una consecuencia. Para algunas esperaba meses, para otras era la motivación de la mañana o del día. Una vez más era una niña, pero no solo he crecido yo, el mundo también ha cambiado y esto va más allá de la posibilidad de comer un helado cada día o cada semana, es que hay tantos sabores que al final elegimos los mismos.
El exceso también nos uniforma
Hoy deseamos muchas cosas a la vez, la ropa en tendencia, el último Iphone, visitar el lugar al que todos están yendo y todo está disponible. Como una fuente que nos recuerda todos los días, la gran variedad.
Hay tanta ropa expuesta que los armarios están llenos, pero al final todos estamos vestidos igual. No soy de las creativas de moda y la uniformidad no me disgusta. También soy parte de la sociedad que compra como terapia antiestrés, de ahí los armarios llenos.
Se ha ido olvidando el sabor de boca cuando anhelas algo que no puedes comer en mucho tiempo, toda la comida parece a nuestro alcance, incluso cuando no sentimos hambre, igual comemos, porque tenemos que alimentar todo el tiempo nuestro cuerpo. Y ya no espero los cumpleaños para comer torta, así que ya no aprendo las fechas como antes.
Estoy cansada del algoritmo
La abundancia se vuelve agotadora, he visto tantas series que incluso las olvido. Hay muchas películas y series, algunas veces he apagado la pantalla porque no encuentro nada que ver.
Cuando he querido algo diferente, Netflix ya ha elegido lo que me puede interesar y también ha predecido cuál es la que más me puede gustar. Buscar en redes, es llegar a un lugar donde todos hablan de estas mismas, es producto de los datos de mis intereses que se han recopilado y que yo he compartido, víctima de mi propio invento diría mi mamá.
De igual forma con la música, podemos escuchar una canción hasta que nos agoté y saltar a otra y así, en el infinito universo de la música, que siempre me lleva a mis mismos gustos, he terminado limitando mi universo de posibilidades, llegando a lo seguro.
Todos hablan de la personalización, pero que aburrido se vuelve el mundo, todos viendo las mismas cosas y hablando de lo mismo; que aburrido se vuelve el mundo cuando solo nos juntamos con los que piensan parecido. Que aburrido se vuelve el mundo cuando todo se responde en segundos por IA.
Sin embargo, el aburrimiento bien dice mi querido y hoy muy popular Byung Chul Han, que es una oportunidad para divagar y pensar. La cuestión es que en medio del aburrimiento le damos de más a la mente, al armario, al estómago, cuando algo de nosotros pide silencio, ponemos música relajante, porque nos estorba la vida sin nada de fondo.
Lo sencillo, se ve más bonito cada día
No sé si la libertad que anhelaron nuestros antepasados se viera así. Si el grupo de los que como yo queremos hacer tantas cosas, practicar tantos deportes, probar muchos oficios, recorrer el mundo y que todo nos parece posible. Entonces, es probable que nos absorbió la burbuja y nos metió a todos juntos, libres, pero manipulados; individuales, pero parte del montón.
La esencia no estaba en la abundancia, sino en el valor que le dábamos a lo sencillo y sobre todo a la espera, aquel mundo era pequeño y el deseo se hacía infinito.
Que bueno despertarnos y cuestionarnos, no recibir todo con los brazos abiertos, algunas cosas a veces me parecen mejor como eran antes, un poco egoísta a los ojos de mi pasado y de mis antepasados. Al final hice mi rutina en piloto automático porque estaba saturada de pensamientos e ideas, tantas cosas me gustan que tras leer estas líneas se puede evidenciar.


