En busca de calidez en nosotros mismos: aprender a sostenernos cuando la mente no se detiene

Estamos empezando febrero. Aún cuesta levantarse de la cama por la mañana y la mayoría de los días es por el frío, no por falta de ganas de vivir.
Reconozco que la vida puede ser muy simple y sencilla; lo veo en la forma de vivir de muchas personas que me rodean y, por alguna extraña razón, yo no entro en esa categoría.

Tal vez la edad me ha ido formando. Supongo que hoy reconozco que, como dice el dicho, empiezas a saber más por viejo que por sabio. Lo que pasa es que no puedo existir en la vida sin pensar o repensar, muchas veces en voz alta.
No me ubico como intelectual, aunque creo que puedo parecer interesante en algunas ocasiones; podría comentar sobre personajes fascinantes o provocar vergüenza ajena si un día no me callo ni un instante.

No encajo perfectamente dentro de ninguna categoría, más que en la de loca, deprimida, la que siempre hablaba de desvivirse. Por fortuna, hasta eso ha cambiado. No ha sido un camino fácil encontrarle sentido a la vida; bueno, creo que lo que me mantiene con aliento es encontrarle propósito.

Sin embargo, hoy puedo decirte cómo he ido aprendiendo a mantenerme en equilibrio. Esta es mi propia guía. Tal vez tu balanza de vida se ha inclinado y crees que no tiene retorno. Los años de terapia no me los puedo ahorrar, porque siempre son necesarios, pero sí los años de búsqueda a ciegas de la anhelada calma.

Debo reconocer una obviedad: la calma no es un estado permanente. De hecho, diría que el primer método clave es entenderlo todo como pasajero, como siempre carente en algún sentido. Es importante hacer el trabajo pesado en este aspecto cuando estamos en modo tranquilo, pensando que no volverá la tormenta. Spoiler: siempre volverá. Spoiler II: no podrá con nosotras.

No es algo que se aprende en un día. De hecho, creo que algunas de estas cosas llegaron mientras buscaba cómo compartir la vida con una mente que me hacía pensar que una de las dos estaba fuera de lugar.

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Durante muchos años de depresión y ansiedad he aprendido que, incluso dentro de la etapa más difícil y vacía, he llegado a sentir picos de felicidad que aparecen sin sentido, con la misma facilidad que su contrario. Hoy lo veo como algo fascinante, pero es allí donde radica un peligro: a veces parece que nuestro cerebro crea una relación directa entre estar muy mal y que llegue un instante de felicidad repentino y genuino.

El maravilloso arte de compartir lo bueno

Escribir un diario

Escribir siempre ha sido mi gran pasión, pero hacerlo todos los días fue algo a lo que me resistí durante muchos años. Un día lo interioricé como la forma de recordarme que estaba, cada día, para mí misma.

¿Qué escribir?
Te dejo una lista de formas de empezar que yo he usado. Advertencia: no hay ninguna forma de hacerlo correctamente. Lo importante es darte ese instante al día para pensar y permitirte expresar cómo te sientes, eso que le dirías a la persona con quien hablas todos los días… o tal vez no. No siempre lo contamos todo.
Responde algunas de estas preguntas: ¿Cómo me siento?, ¿tengo algo por qué estar agradecida?, ¿qué me hizo sentir mal?, ¿en qué pienso la mayor parte del día?

Pruébalo y cuéntame si no empiezas a descubrir una gran amiga dentro de ti o, tal vez, como en algún momento yo, encontré una enemiga. Como en todo, necesitarás ganarte su confianza y ser esa influencia que la pase a tu lado. Es más fácil pelear la vida con la mente de tu parte.

Leer siempre algo que te mantenga la motivación

De los libros de autoayuda, lo más provechoso que he sacado son buenas citas, pero, sobre todo, el interés constante de poner a prueba métodos y formas de rescatarme o mantenerme. Tener un libro de nuestro interés siempre en la lista es un buen recordatorio de que no somos los únicos luchando por ser nuestra mejor versión.

Incluye la Biblia dentro de esta lectura. Seas religioso o no, es una herramienta preciosa en la que siempre encontramos respuestas.

Leer es una forma de mantener el norte. Que nadie elija esa lectura por ti: debe ser realmente de tu interés y, ojalá, algo que aporte a ese crecimiento.

Identificar los alimentos que me producen ansiedad o malestar

Uno de mis descubrimientos más especiales fue reconocer que el café provocaba una alteración en mi estómago que impulsaba y aceleraba mis nervios. Ya sé que mucha gente toma café para el sueño, pero en mi caso va más allá del insomnio que luego te deja divagando toda la noche: me provocaba una descompensación y desconexión con el presente; quedaba en estado de bloqueo.

Esto que afirmo no es un diagnóstico, y de hecho no quiero confirmarlo. Es más una excusa para decir: evito el café porque provoca algo que no quiero sentir. Tal vez he sacrificado una bebida con la que crecí y puede que sí genere esta sensación, pero también puede que no. Simplemente me hace sentir que me conozco, que cuido mi equilibrio, y eso ocasiona mayor confianza en mí misma.

Crear una pequeña rutina donde prevalezcan tus gustos

Vivimos tanto con nosotros que podemos responder qué les gusta a los que amamos, pero muchas veces no sabemos qué nos gusta a nosotros. No es egoísmo; pero no se imaginan el alivio que siento cada vez que, con seguridad, digo sí o no.

Así que, entre las veinticuatro horas del día, sacar una para hacer eso que nos gusta puede parecer mucho, pero en mi caso aporta como nada a la relación que tengo conmigo misma y con los demás. Me ayuda a marcar límites y a activar ese instante de felicidad en la vida diaria.

Crear una lista de recompensas tangibles e intangibles

¿A quién no le gustan los premios? Bueno, a mí me encantan los premios y los regalos. Hay un esfuerzo que nadie ve y que, extrañamente, esperamos que otros reconozcan, pero honestamente no lo harán… tal vez en alguna ocasión. Esperar que otros lo hagan solo nos va a crear frustración.

Entonces, crear nuestro propio sistema de recompensas. Por ejemplo: cuando escribo cada día durante una semana, me como un helado grande de mi heladería favorita. Si lo hago durante un mes, recibo un día completo de Netflix. Si hago ejercicio cuatro días a la semana, me premio con una comida sin pensar en carbohidratos.

Son recompensas que podría darme incluso sin establecerlas como premio, sí, pero de alguna forma despiertan el sentido de responsabilidad, la disciplina, y también las disfruto más cuando sé que he cumplido.

He expuesto aquí algunas de mis estrategias de equilibrio, aunque no todos los días estoy en este estado. Una vez más, he aprendido que es temporal.
Espero que, por encima de cualquier cosa, empieces a buscar tus propias formas para mantenerte en pie, con las carencias normales de la vida y los desequilibrios naturales de la existencia humana.

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