¿Cómo se ve la vida cuando ves solamente lo que un día te gustó? ¿O cómo se siente que los días se escuchen con la misma melodía o voz que un día te encontró? ¿Estamos en una sociedad obsesionada con algo y algunos?
Planeaba hacerme una siesta desde que preparaba la comida, pero cuando me tiré en el sofá, algunas preguntas espantaron ese sueño.
Contradicciones y algorítmos
Soy un meollo de contradicciones. Por ejemplo, siempre termino eliminando mi cuenta de TikTok porque, además de lo muy adictiva que es, honestamente me asusta: su algoritmo siempre me termina llevando a lugares que me dejan ver que, como seres humanos, estamos un poco locos. Que, aunque vivamos en la sociedad de las libertades, deberíamos autorregularnos para no terminar desbocados en un solo rincón del infinito digital.
Se nos olvida que el mundo virtual y el real están separados, aunque sea por una delgada ilusión óptica a través de un cristal, con tanto poder y magia que acerca lo que está lejos y muchas veces aleja lo que está cerca.
Un ejemplo muy personal (mi fandom) como ejemplo social
Esta semana es el comeback de BTS, banda de pop coreano, que me encanta y aunque me ilusiona escuchar música nueva de una agrupación que poco a poco se ha colado en mis algoritmos y luego en mi vida, la verdad es que también son el ejemplo más claro de la sociedad desbordada y obsesionada: la sociedad de las masas, el marketing y las industrias del entretenimiento.
Nota: Sé que es una mirada superficial, pero también nace de muchas cosas que no sé ordenar del todo.
Me preguntaba, hace un par de textos atrás, sobre mi incapacidad de la fascinación y hasta hoy me pude responder, quizás con un poco de justificación a esta carencia. Puedo decir que la libertad que se nos ha vendido es tan buena como peligrosa, cada vez más sesgada. Claro que entiendo que la vida es rutinaria, que el aburrimiento es parte fundamental y esencia del equilibrio, que me encantan cosas, que hay que posicionarnos, pero me gusta guardar la distancia, que me resisto aunque luego, algunas veces, cedo.
Arte, descubrimiento y pérdida
Terminar atrapada en una esquina del mundo cuando hay tanto por descubrir es desolador, aunque muchas veces así lo prefiero. ¿Cuánta música tengo por descubrir, aunque no me guste? No me quiero levantar cada mañana y escuchar solo la misma canción: me estoy perdiendo de mucho arte.
¿Cuánto arte se ha quedado en el camino porque no se coló entre una pequeña multitud que apoyara? ¿Cuánta gente se obsesionó y quedó encerrada? Me cuestiono y me juzgo cada vez que empiezan a aparecer cosas que no quiero saber, que no nos deberían importar como sociedad cuando escuchamos o admiramos a un artista reconocido principalmente.
Aun siendo consciente de la elección de un estilo de vida entre la masa insaciable y hambrienta de información, que podría devorar si pudiera, siguen estando vivos, con la ilusión natural de vivir cada día.
Me encanta que haya millones de fans de BTS, por ejemplo: nunca habría descubierto mi canción favorita de no ser por esto. Pero me culpa pensar que me gusta y que coopero en un mundo tan desigual artísticamente y tan deshumanizado.
La deshumanización de los artistas
Hace unos meses, cuando se estrenó el documental de la agrupación The Rose, recuerdo reflexionar sobre la deshumanización de los artistas idols, femeninos y masculinos. Siempre hay algunos a los que nunca les será suficiente con lo que ven y buscan más.
Llegadas de repente a la casa de un artista, ¿qué motiva a ello, que además lo documentan? ¿Por qué sexualizar a un artista favorito? ¿Por qué se vulnera el derecho de amar libremente? ¿Quién dio el derecho a saberlo todo cuando la privacidad es tan linda? ¿Por qué soportarlo todo? ¿Por qué fingir perfección?
Cuando estos comportamientos dejan de ser de una persona x y se convierten en movimientos masivos, es preocupante como sociedad también un poco decepcionante.
No hablo solo por artistas de k-pop; hablo incluso de quien un día comparte una historia donde expone algo de vulnerabilidad y esto se convierte en marca personal. Hablo del precio del mundo moderno, que parece jugar a que gana quien más gente encierre en su pequeña esquina o burbuja, se olvide del arte, del sentir, de la humanidad, del mundo, y pase a ser un número más o, si llega a estrella en el infinito digital, un dólar más.
Arte bendito arte…
Aunque se pasó el tiempo de mi siesta, las reflexiones se han quedado en mí y las contradicciones son cada vez más. Sin embargo, algo quiero mantener: el límite que el mundo no me impone para respetar el arte del artista y, sobre todo, su vida.
Aunque solo sea un número imperceptible en la sociedad de los millones, quiero ver el arte tan humano como la inspiración que hay detrás de él.
Estoy segura de que, comercial, industrial, experimental, social o cualquiera que sea la motivación, siempre habrá un alma intentando dar luz a su interior con el don que se le proporcionó. La magia estará en lo bonito de disfrutar del arte y en que quien está detrás pueda seguir contemplando el mundo, viviendo como un ser humano.
No digo que el mundo que un día existió sea mejor; al contrario, saber aprovechar la oportunidad de cada día ver una esquina diferente nos enseñará a amar un poco más de forma genuina y libre, donde nada es realmente nuestro y podamos ver que compartimos esquinas.

