Una noche en una fábrica: cuando el tiempo no te pertenece

Tiempo, bendito sea el tiempo, que a veces es eterno, pero otras parece un fugaz sueño.

Esta es una crónica de una larga noche de ahogo y desahogo, de una batalla mental mientras veía correr máquinas sin parar, un encuentro de reflexión profunda con una versión de mí que hacía años no me visitaba.

—Cuánto tiempo —me saludó con entusiasmo tras mis primeras tres horas bajo el sonsonete descoordinado de los aparatos que mi mente no logró combinar con el ambiente.

La verdad, no le esperaba. Hace un tiempo me desacostumbré a recibir su visita; entonces no tenía guardia. Se encontró con mi versión más pura y aprovechó.

De camino a la introspección

Aquel lugar era plano y sin mucha vida. Aunque había humanos, tenía más tintes cinematográficos que de una vida real. Pensé que la vida muchas veces no es vida, y ese simple pensamiento se convirtió en el sentimiento de la noche.

Entre la montonera de plástico que allí se fabrica sin descanso, viví como en Origen (película de 2010), cuando se desmorona el universo que habitan en el sueño profundo, solo que yo estaba despierta. No se me ocurre otra forma de explicar aquella deformación de la realidad y el sentimiento de desolación que le hizo de banda sonora.

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Mientras pesaba de cincuenta en cincuenta tuppers, los escogía de forma mecánica, sin roturas, salía de una acumulación y corría entre dos máquinas. Respirar profundo era una fantasía, no solo porque el ambiente se sintiera tan muerto, sino porque había entre aquel y yo una descoordinación. Yo no cogía el ritmo y ella no esperaba.

Cuando el tiempo parece detenido…

El reloj parecía sin batería, detenido entre dos segundos, y los envases se multiplicaban. Lo que parece muerto a veces es lo único que nos avisa que hay vida. Con los ojos muy despiertos, me encontré bajo una noche oscura. Sabía que terminaría, pero no en ese momento, pues aún me quedaban nueve horas por delante.

—Tengo que fluir como esta máquina. Encontrar la forma era lo único en lo que podía concentrar mi cuerpo, porque de mi mente perdí el control. Se fue al pasado y revolvió la vida. Me pregunté por todos los hubiera que cuestionaban hasta el cúmulo de decisiones que tomaron incluso mis papás.

Increíblemente aparece un salvador

Cuando llegó don Grego:

—¿De dónde viene mi socorro? —él mismo respondió—. Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra.

Terminó, sonrió y me ayudó a bajar el tumulto, a punto de colapsar, mientras yo corría con la rapidez que podía mis treinta y ocho pasos hacia la otra cinta a cargo. Es una lástima que no lo pudiera saludar un día si me lo cruzara en la calle, porque no tuve tiempo de guardar sus facciones, y estoy segura de que él tampoco me reconocería si un día me cruzara con él. Son muchos los que pasan una noche por allí; yo solo pasé tres en medio de sus miles.

Mientras intentábamos controlar lo incontrolable, don Grego me contó que llevaba diecisiete años haciendo su turno de siete de la noche a siete de la mañana durante tres o cinco días a la semana. Me habló sobre el gato que le espera en casa y sobre su música cristiana favorita. Agradecí a él y también al cielo, aunque no lo podía ver.

Me sentí descarada, pero anhelé que ninguna máquina se estropeara y tuviera que irse a repararla. Pero pasó y no lo volví a ver hasta el final del turno. Sin embargo, él no solo hizo el papel de salvador o mago en una historia clásica, sino que me hizo aterrizar en la idea de que la noche puede ser un lujo no solo para el que duerme, sino para quien la puede mirar y, sí, se vive diferente.

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Para mí fue solo un par de noches

La ansiedad de aquella noche en la fábrica me llevó a vivir como hace un par de siglos, siempre prisioneros de un sistema, llevados por la necesidad de sobrevivir, y en medio de todo lo que vemos hoy, un material que parece eterno y que usamos como si su vida fuera más corta que la nuestra.

Aun así, la noche terminó y me olvidé de la sensación cuando dormí a las ocho y treinta de la mañana. Cuando desperté, la recordé con los platinos en los pies y los tapa oídos otra vez. Supongo que toma tiempo acostumbrarse. Don Grego seguirá allí y yo no me sentí capaz de volver.

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